Pareciera que el cansancio del resplandor de una mente con todos los recuerdos, se limita a martillar la pared sobre la que me recuesto cada tarde de la vida, de manera tal, que la idea de hacerme entender que por más que lo aborrezca estoy destinada a levantarme en medio del lado para caer a la hoguera, sí, la misma hoguera de siempre, la misma que cada noche de aquellas noches se enciende con pétalos de rosa y un poco de formol.
Se supone que el reloj nada con la velocidad del tiempo de lluvia en Noviembre, pero aunque todos digan que es así, no percibo el movimiento de las manecillas, sólo veo la mosca posándose sobre él, mirándome a los ojos y escupiéndome en la cara, tan oportuna como siempre, tan vomitiva como la mujer del cartero, del mensajero y de él.
Es hora de aceptar lo completamente inaceptable, es hora de decir, que debes morir, es hora de decir que ella debe morir, es hora de decir, adiós mi compañero de cuarto, mi compañero de penas, mi compañero de noches en las que me derretía con el intocable color de tu piel, adiós.